La reconstrucción de la Sierra de La Macarena

30 junio, 2018

La reconstrucción de la Sierra de La Macarena

Por Óscar Iván Pérez H, Investigador de Conflictos asociados al desarrollo-Pares

La historia de La Macarena ha estado marcada por la violencia. En diciembre de 1954 un reducido número de colonos compuesto inicialmente por una sola familia, los González, llegó a la región en busca de refugio contra la violencia desatada por el enfrentamiento entre conservadores y liberales. A mediados de la década de 1970, cuando el municipio había crecido en habitantes por el impulso que dieron el comercio de pieles de tigrillos y jaguares y el turismo con grupos pequeños de extranjeros, llegó la bonanza de la economía cocalera y, una década después, el auge maderero. Más adelante, en la presidencia de Andrés Pastrana Arango (1998-2002), La Macarena hizo parte del corazón de la zona de distensión cedida a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) durante las negociaciones de paz, decisión que permitió el aumento de los cultivos de coca y la victimización de sus habitantes. En este periodo, a los visitantes no se les permitía ingresar a la región sin un permiso previo de la guerrilla, la nueva autoridad, so pena de ser secuestrados o asesinados.

Hoy, aunque el orden público se ha normalizado y la economía ha virado hacia actividades legales, el municipio sigue estando aislado. Recorrer los 224 km que separan a La Macarena de Villavicencio, la capital del departamento del Meta, toma 1 hora, si es por aire, o 15 horas, si es por tierra, debido al mal estado de las carreteras y a la inexistencia de un vía que los conecte directamente. El aeropuerto de La Macarena carece de una torre de control moderna y es poco más que una pista en el centro del municipio. Al bajar del avión, vehículos de tracción animal esperan a los visitantes para cargar sus maletas y llevarlas hasta los hoteles. La mayoría de sus calles son destapadas, en polvo amarillo, más transitadas por motos que por carros. De acuerdo con el Índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), la pobreza del municipio atrapa al 80% de sus habitantes.

“Al bajar del avión, vehículos de tracción animal esperan a los visitantes para cargar sus maletas y llevarlas hasta los hoteles”. Foto: @oscarivanperezfoto

Actualmente, la economía de La Macarena se basa principalmente en la ganadería, la agricultura (arroz, sorgo, maíz, yuca y plátano, entre otros) y, sobre todo, el turismo, cuyo auge le está generando un despertar económico y social al municipio. Entre el 2012 y el 2017 el número de visitantes anuales del municipio pasó de 3.847 a 15.907, lo cual significó un crecimiento de 313,5%. Esta es una cifra bastante importante, si tenemos en cuenta que La Macarena cuenta con un total de 27.040 habitantes, 4.056 de los cuales reside en la cabecera. Desde luego, el despegue del turismo en la región se ha impulsado en las mejoras de seguridad logradas a partir del programa de seguridad democrática del gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010), el Acuerdo de paz firmado entre las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018) y la implementación de iniciativas públicas como la estrategia de Turismo y Paz, del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

Los visitantes llegan buscando principalmente Caño Cristales, más conocido como “el río de los cinco colores”, “el río más hermoso del mundo” o “el río que se escapó del paraíso”. Un poeta incluso lo llamó “el arco iris que se derritió”. De acuerdo con Lonely Planet –la editorial de viajes número uno a nivel internacional–, Caño Cristales es una de las 20 experiencias imperdibles en Colombia, país al que también catalogó en el 2017 como el segundo mejor destino para viajar en el mundo.

Los visitantes llegan buscando principalmente Caño Cristales, más conocido como “el río de los cinco colores”, “el río más hermoso del mundo” o “el río que se escapó del paraíso”. Un poeta incluso lo llamó “el arco iris que se derritió”. Foto: @ungabrielmas.

Las aguas cristalinas y poco profundas de Caño Cristales deben sus intensos colores amarillos, azules, verdes, negros y rojos a la macarenia clavigera, una planta acuática endémica que resurge en invierno, época en que el caudal de sus aguas aumenta. El río no alcanza los 100 km de longitud ni sobrepasa los 20 m de ancho, y es una sucesión continua de rápidos, cascadas, correones y pocetas que desembocan en el río Guayabero. En La Macarena las lluvias por lo general van de junio a noviembre, periodo que corresponde al lapso en que son permitidas las visitas a sus aguas. En “verano” (es decir, el resto de los meses del año), Caño Cristales está cerrado para evitar que el ecosistema sea deteriorado, así que sus habitantes se dedican a otras actividades, como la agricultura y la ganadería, y a prepararse para la próxima temporada turística.

Aparte de apreciar su belleza, el plan en Caño Cristales consiste en realizar caminatas por cinco circuitos de piedra y plantas, que van de los 3 a los 15 km de extensión, lo que le permite satisfacer todo tipo de gustos y capacidades. Las caminatas en pequeños grupos son dirigidas por guías locales y llegan a puntos que concentran cantidades importantes de algas multicolor o en donde se forman piscinas o cascadas naturales que permiten al turista refrescarse del calor generado por una temperatura promedio de 29ºC. Estos sitios son ideales para comerse el fiambre que ha sido empacado en hojas de plátano para el almuerzo y que suele consistir en una porción de carne o pollo, acompañada de plátano, arroz y papa. Los residuos son guardados en las mochilas de los visitantes para ser botados en los hoteles, pues en los alrededores del río no se permite la disposición de basura orgánica ni mucho menos inorgánica.

“El plan en Caño Cristales consiste en realizar caminatas por cinco circuitos de piedra y plantas, que van de los 3 a los 15 km de extensión, lo que le permite satisfacer todo tipo de gustos y capacidades”. Foto: @oscarivanperezfoto

A fin de preservar el ecosistema, al visitante no se le permite utilizar cremas o bloqueadores para proteger su piel de los rayos del sol, razón por la cual deben ir con el vestuario adecuado: pantalones deportivos, camisetas manga larga y gorras o sombreros de ala ancha. De hecho, antes de iniciar cualquier actividad turística, a los visitantes se los lleva a la oficina de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Área de Manejo Especial La Macarena (CORMACARENA) para recibir una charla ambiental, que incluye una descripción de la fauna y la flora de la región y una explicación acerca de cómo cuidarla durante la visita.

La belleza de Caño Cristales es innegable, claro está, pero no es la única en la Sierra de La Macarena. A su lado se encuentran otros destinos únicos, como lo son la Laguna del Silencio –depósito natural de agua dulce que, según los macareños, alberga boas gigantes en sus profundidades mudas–, el Raudal de Angostura –petroglifos precolombinos tallados sobre rocas en bajo relieve que narran la historia de los indígenas Tinigua–, y Ciudad de Piedra –enormes formaciones de rocas grises talladas durante siglos por la fuerza del agua–. Este último atractivo se abrió al público en 2017, gracias a la seguridad y el acceso a territorios antes vetados que ha traído el Acuerdo de paz.

Ciudad de Piedra –enormes formaciones de rocas grises talladas durante siglos por la fuerza del agua–. Foto: @oscarivanperezfoto.

A estos atractivos se llega aguas arriba o aguas abajo por el río Guayabero, que se erige como la avenida fluvial por donde los visitantes radicados en el casco urbano se mueven por la zona. Las canoas de un solo motor con capacidad para movilizar grupos de hasta 12 personas son piloteados por lugareños que, al igual que los guías turísticos, se han organizado en cooperativas para distribuirse de forma equitativa las oportunidades de negocio. Los desplazamientos por el río son acompañados por las mascotas de los motoristas que voltean sus cabezas de lado y lado para observar, junto con los turistas, la fauna del lugar: garzas, tortugas, monos, reptiles y, con un poco de suerte, delfines rosados.

En cada atractivo turístico, los grupos de turistas son dirigidos por macareños que se han formado para desempeñarse como guías o expertos locales y recorren territorios en donde se ofrecen servicios complementarios, como lo son el alquiler de caballos para los desplazamientos o la venta de bebidas, mecato y almuerzos, como el sancocho de gallina en leña que ofrecen en la Laguna del Silencio. Por si fuera poco, en las noches los visitantes pueden apreciar atardeceres naranjas y morados, ver estrellas alumbrar en sus cielos despejados o disfrutar de una noche llanera, esto es, una fiesta amenizada con joropo en vivo, demostración de danza y aguardiente llanero, y alimentada con un plato de mamona con yuca, papa, plátano y guacamole.

Los guías turísticos hablan de otros destinos hermosos que, aunque han sido frecuentados durante años por los locales, todavía no se abren al público, pues están siendo preparados para el turismo regular. Parques Nacionales Naturales de Colombia y CORMACARENA –las autoridades turísticas y ambientales de la zona– son los encargados de adecuar los destinos para minimizar los riesgos de seguridad física y los impactos ambientales, y son quienes deben hacer respetar la capacidad de carga que se ha establecido para el municipio –es decir, la cantidad máxima de personas que se pueden recibir en un periodo de tiempo, sin que se generen daños irreparables al ecosistema–. En la Sierra de La Macarena, la capacidad de carga se estima en cerca de 500 personas por día, distribuidas en pequeños grupos que visitan de forma paralela y escalonada sus distintos destinos.

“Antiguos cultivadores de coca, por ejemplo, están ingresando a programas de sustitución de cultivos o tomando cursos de capacitación con el Servicio Nacional de Aprendizaje – SENA para ser guías certificados y poder cambiar la actividad agrícola por la turística”. Foto: @oscarivanperezfoto.

Las agencias de viaje y los operadores logísticos son los actores clave para garantizar que el sector de turismo incluya a las comunidades locales. Esto ocurre así porque concentran a los viajeros que en su mayoría llegan por aire y los distribuyen en grupos pequeños entre las cooperativas y las empresas locales para visitar en paralelo los distintos atractivos abiertos al público. Al proceder así, se procura que los prestadores de servicios de hospedaje, alimentación y transporte –terrestre y fluvial– participen de forma rotativa en el negocio, de tal forma que, al final de la semana o el mes, todos se hayan podido beneficiar de la actividad turística. Todos, incluso los agricultores, que venden sus productos como insumo para alimentar a los turistas, y la administración local, cuyas finanzas se ven fortalecidas por los impuestos que se pagan al ingresar al municipio. En el casco urbano los puestos de comercio al detal, los bares y los billares también son dinamizados por la billetera de los visitantes, quienes hacen compras antes de salir a recorrer la región o recorren sus calles por las noches.

“Los desplazamientos por el río son acompañados por las mascotas de los motoristas que voltean sus cabezas de lado y lado para observar, junto con los turistas, la fauna del lugar: garzas, tortugas, monos, reptiles y, con un poco de suerte, delfines rosados”. Foto: @oscarivanperezfoto

El sector de turismo está generando una integración de iniciativas económicas de diverso tipo que permiten que las comunidades locales se inserten en la actividad y que encuentren, no solo una fuente de generación de ingresos y empleo, sino también una alternativa económica a los cultivos ilícitos y la extracción de petróleo. Antiguos cultivadores de coca, por ejemplo, están ingresando a programas de sustitución de cultivos o tomando cursos de capacitación con el Servicio Nacional de Aprendizaje – SENA para ser guías certificados y poder cambiar la actividad agrícola por la turística.

“En cada atractivo turístico, los grupos de turistas son dirigidos por macareños que se han formado para desempeñarse como guías o expertos locales y recorren territorios en donde se ofrecen servicios complementarios, como lo son el alquiler de caballos para los desplazamientos o la venta de bebidas, mecato y almuerzos”. Foto: @ungabrielmas

En La Macarena, desde luego, no todo es un “arco iris”. Hoy en día existe una dependencia marcada del turismo a Caño Cristales –a pesar de que cuenta con destinos y planes turísticos cuya belleza y posibilidad de disfrute son independientes de las lluvias estacionales–, y existe el riesgo de generarse daños ambientales si el control y la regulación estatal y comunitaria languidece o el lugar se abre al turismo masivo y de alto presupuesto. La salida de las FARC del territorio, además de seguridad a los habitantes y visitantes, ha dejado un vacío de autoridad en la zonas rurales que algunas personas están aprovechando para hacer negocio a costa de la preservación del medio ambiente. Finalmente, el destino debe fortalecer el bilingüismo principalmente de sus guías turísticos y realizar inversiones en infraestructura de transporte y comunicaciones, de manera que se reduzcan los costos del viaje y se mejore la conectividad con el mundo.

Con todo y eso, la Sierra de La Macarena es un ejemplo que ilustra cómo el turismo comunitario puede promover el desarrollo sostenible y contribuir a la construcción de paz a nivel local, toda vez que articula la prosperidad económica, la inclusión social y la sostenibilidad ambiental alrededor de una actividad emprendida por la comunidad y lo hace en un territorio con altos niveles de pobreza y una afectación histórica por el conflicto armado. En La Macarena, el turismo es una promesa que se está haciendo realidad.

“El río no alcanza los 100 km de longitud ni sobrepasa los 20 m de ancho, y es una sucesión continua de rápidos, cascadas, correones y pocetas que desembocan en el río Guayabero”. Foto: @oscarivanperezfoto


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Artículo por: Óscar Iván Pérez Hoyos @ | Publicado: Hace 3 meses

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