La danza: dignidad después de la guerra

21 diciembre, 2018

La danza: dignidad después de la guerra

Por: Sergio Saavedra, Redacción Pares

“Cabe en lo inverosímil, como un cuento”, dice un verso de Gabriel García Márquez que bien podría hablar de Deisy León Vergara, profesora de danza de Pita Capacho, en la región de Montes de María.  Deisy es mujer que fue víctima de desplazamiento forzado en Unguía (Chocó) y que llegó a Montes de María a terminar la secundaria y a encantarse con la danza y la música. Fue becada por medio del grupo Zona de Torobé en la Universidad de Bellas Artes de Cartagena y decidió retribuirle su conocimiento a los niños y niñas de la comunidad de Pita Capacho.

“El cuerpo también dialoga, por medio del cuerpo aprendemos también a hablar. El cuerpo es nuestra herramienta vital para el danzar”, dice ‘la profe’. Deisy reconoce que los niños se sienten “propios, autóctonos de sí mismos, y que tienen seguridad con su cuerpo y su expresión. Con su mirada porque la mirada también habla, gracias al baile”.

‘La profe’ ha utilizado como herramienta al cuerpo para mostrarle a sus estudiantes –tímidos al bailar- que ella también vive ese proceso y que este resulta trasformador. El cuerpo, en este sentido, es un vehículo de su enseñanza, remitiéndose a su experiencia como mujer para compartirla con ellos. Por estas razones, Deisy le da especial importancia al baile, y a la cultura en general, para que los niños y niñas transmitan, conozcan y hagan memoria desde sus experiencias.

Nancy Morejón —poetiza cubana— escribió un día: “Detrás de estos rizos, con su voz quebradiza, asoman mis abuelos”, versos que, entre otras cosas, hablan de las raíces del continente africano. Deisy, quién se reconoce como una mujer negra —porque en esa palabra ve un proceso de resistencia— considera de gran importancia la apuesta política de las prácticas, de resistir con el cabello rizo, de resistir con el cuerpo para resignificar los procesos históricos que imbrican su vida, de los cuales no se rehusó el conflicto armado.

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A Deisy el desplazamiento forzado le cambió el rumbo de su vida en dos ocasiones. Cuenta que el primer desplazamiento fue en Chocó, a los 7 años por grupos ‘extraños’ que mataron a su abuelo materno porque era dueño de una gran unas tierras y siempre se negó a entregarlas. “Antes de que lo mataran, él lo que alcanza a decir es: “¡corran mis hijos!”. En ese entonces, él tenía 20 hijos; 10 con una mujer distinta. Él les dijo “¡corran!”. La otra mujer y mi abuela cogieron los hijos de cada una y corrieron (…)” narra Deisy.

Luego de ese suceso, se dirigieron a Cañas Frías por sugerencia de su abuela, quien les decía que se allá había yuca, plátanos y todo con lo que podían vivir, eso que en el campo llaman una vida digna. Eran Deisy, su madre y sus 9 hermanos.

Ocho años después, grupos armados llegaron a Cañas Frías buscando personas que brindaban información de grupos armados. Por un malentendido que involucraba a uno de los tíos de Deisy, quien supuestamente llevaba información a San Onofre, él fue asesinado. Hecho que los obligó a huir nuevamente.

Resalta en su relato, además, lo difícil que es pasar de hacer trabajo de campo a realizar trabajos en casa. Esto debido a lo que le representó a su mamá, después de vivir en Unguía y Cañas Frías, desplazarse hacia San Onofre, que es un casco urbano y “eso tiene sus implicaciones culturales”, señala Deisy. En este lugar su familia ha vivido durante 20 años.

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Después de estudiar en Cartagena, Deisy, decidió volver a San Onofre, porque le agradece a este territorio haberla acogido después de la guerra. Regresó con su hija de 4 años y comenzó con el grupo de base de la Institución Educativa Manuel Ángel Anachury, Sede José María Córdoba en Sucre.

“Yo soy la profesora del grupo de José María Córdoba; doy clases de danzas y de teatro”. Cuenta Deisy que, luego de esto, pudo trabajar en Pita Capacho con la Fundación Puntos de Encuentro. Al llegar a la escuela, Deisy se dio cuenta que no era un lugar óptimo para los niños y niñas. No comenzó como profesora ni de danzas, ni de teatro, Deisy en cambio, se dedicó a reconstruir con ahínco la escuela.

Para ´la profe’, la escuela de Pita Capacho es un “lugar de aprendizaje y, hoy, es punto que concentra experiencias de baile y danza, que se reconstruyó con ayuda de las personas de la comunidad».  

En los procesos del baile como elemento de resignificación de experiencias y apertura a nuevas posibilidades, Deisy vinculó a los niños y niñas para que ingresaran a la escuela y tuvieran la oportunidad de aprender de la danza y el teatro.  ‘La profe’ duró 7 años en ese proceso y así se fue ganando el cariño y el respeto de la comunidad, tanto así que entro a hacer parte Junta de Acción Comunal.

Deisy recuerda que eso trabajos no son de ahora, pues antes de ser profe, trabajaba en un proyecto con madres comunitarias que tenían a su cargo niñas y niños que venían desplazados de otras regiones del país. A su vez, daba charlas a los niños y niñas, les enseñaba teatro y danza. Y cómo son las cosas… con ese primer trabajo pudo pagar su semestre para ser Profesional de Artes Escénicas. Ella agradece que, por medio de las danzas, de la cultura y del teatro obtuvo también su propia educación.


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Artículo por: Redacción Pares @ | Publicado: Hace 10 meses

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