Por: Guillermo Linero

Un día, muy temprano en la línea de tiempo de nuestra especie, los prehumanos -los primates- por la sola necesidad de vivir o sobrevivir más cómodamente, habrán reaccionado con asombro pasmoso, cuando alguien de los suyos deshojó una rama y la introdujo en un nido de termitas para sacarlas. Y es discernible que así hubieran reaccionado; pues, a partir de esa simple ocurrencia, que por ajena a sus facultades físicas naturales es artificial, encontraron más cómodo y eficaz la manera de obtener su manjar predilecto y llevarlo a sus bocas tal y como sus descendientes lo hacemos hoy con los pinchos de carne.
Igual se habrían sorprendido, cuando otro de ellos advirtió que en las temporadas de invierno era mejor controlar el frío encendiendo un fuego, o arropándose con una piel ajena, más efectiva que las suyas. Y ni qué decir de la fascinación de aquellos prehumanos, cuando pudieron comunicarse precisando sonidos y gesticulaciones, que al ser memorizados podían reusarse inequívocamente para la concertación de estrategias grupales en función de realizar actividades muy complejas para un solo individuo.
Esa toma de conciencia, fundada en la experiencia del hacer (despojar una rama de sus hojas para instrumentalizarla) y en la experiencia de pensar (acordar y memorizar códigos de comunicación sonoros y gestuales para desempeñar tareas conjuntas) les permitió a los primates saltar de un estadio de su evolución, ceñido a la condición de seres animales, a otro segundo estadio evolutivo donde, sin perder la animalidad -que es la esencia de la evolución biológica- pasarían a ser conscientes y pensantes.
En efecto, el uso de una simple varita para extender sus manos, o dejarlas de usar para la caza de animales -fabricando artificios: armas y trampas no naturales- les permitió pasar más tiempo en sus cavernas y dinamizar sus pensamientos en función de sacarle provecho a esa fórmula mágica del conocimiento científico -pensar y hacer- que les permitiría librarse de las tareas arduas, incómodas o peligrosas.
Sin duda, gracias a ese tiempo economizado en las faenas de sobrevivencia, los homo sapiens comenzarían a reflexionar sobre sí mismos y a soñar en un futuro de pleno confort, que para hacerlo realidad había que esforzarse por descubrir e inventar. Entonces, descubrieron las ventajas del fuego e inventaron la rueda, inventaron el arado y descubrieron la penicilina, descubrieron la pólvora e inventaron la brújula y la imprenta; y así los barcos, los trenes, los aviones y los cohetes; y han inventado millones de herramientas, de objetos y utensilios, siempre con la misma intención del homo faber y del homo sapiens: alcanzar el confort y vivir sabroso.
Ese nuevo ser, perteneciente al segundo estadio de nuestra evolución, un día también advertiría que, si bien ya había alcanzado un relativo confort en virtud de todo lo descubierto y lo inventado, ahora -a causa del cúmulo de memoria intelectual y científica- la tarea de acceder a las informaciones le presentaba nuevos y mayores retos para su capacidad nemotécnica y para su habilidad de cálculo. En consecuencia, y por su natural inclinación a pensar, reflexionar y soñar, vio necesaria la invención de una máquina para que le ayudara efectivamente en eso de pensar, calcular, memorizar y resumir todo lo acumulado; o mejor, se le ocurrió abrir las puertas a un tercer estadio evolutivo, donde, de seguirlo, se tornará igual como el primate se tornó en un ser racional, en un ser cibernético; es decir en un ser vivo análogo a las máquinas, o en una máquina análoga a los seres vivos.
A esa transformación le temen muchos, preocupados por creer y dar por cierto que las Inteligencias Artificiales carecen, y carecerán aun más, de emociones y sentimientos. Pero, lo cierto es que semejante a los humanos, que no hemos perdido la animalidad de los primates, tampoco las máquinas pensantes tienen porqué perder, ni la animalidad de los primates ni la humanidad de los seres pensantes.
En cuanto a la animalidad, el mismo pionero de la IA -Jünger Sshmidhuber- ha dicho que estas funcionan igual que una red neuronal, idéntica a la de un ser biológico. Y en cuanto a su humanidad, basta saber que las IAs, al nutrirse de informaciones acumuladas a lo largo del tiempo por los seres humanos, y al no ser surtidas ni entrenadas por simios; así como conservan del animal su estructura y funcionamiento neuronal, de los seres humanos conservarán las emociones y la sensibilidad.
Con todo, puesto que debemos medir la eficacia y ventajas de las IAs, sobre la base de una alta población demográfica, es natural pensar en los trabajos que desempeñarán con eficiencia y a bajo costo, desplazando a las personas necesitadas de un oficio remunerado. El planteamiento del científico mentado, aclara que las IAs, solo realizarán trabajos que se resuelven dentro de las pantallas.
Los trabajos de oficina y los trabajos teóricos escolares -buscar información, realizar informes, hacer cálculos e interpretar estadísticas- pueden facilitarse enormemente mediante las IAs, ya que estas funcionan básicamente por medio de pantallas -las calculadoras, las tablets y los computadores personales- y es dentro de ellas donde realizan con efectividad tareas académicas o intelectuales, replicando a los mejores sabios; pero son muy poco efectivas en cuanto a las acciones físicas. De hecho, los robots, habiendo sido concebidos mucho antes del descubrimiento e invención de la informática y la red de internet, todavía son demasiado torpes, como suele evidenciarse cuando se trata de usar las extremidades y especialmente las manos, para elaborar y construir cosas con habilidad humana. “No existe un robot impulsado por la IA -estas son palabras de Jünger Sshmidhuber- que sepa hacer con la pelota lo que un niño de 12 años”.
Aunque, en la lógica de Jünger, en lo que deben entrenarse las IAs es en el mundo físico, tangible por fuera de las pantallas, pues el entrenamiento mental ya lo tienen asegurado. No obstante, cabe preguntarse, más allá de si las IAs y los robots puedan realizar acciones físicas, si estas y estos tienen capacidad para desarrollar la espiritualidad, cuyos contenidos carecen de la lógica matemática de lo racional -memorizar, pensar, calcular, crear y construir- y descarta los algoritmos -de rigor cualitativos y cuantitativos, porque la espiritualidad, eso lo tendrán que aprender las máquinas inteligentes, no se mide por la calidad -digamos el modo de ser de las personas- ni por la cantidad de bienes o virtudes que estas posean.
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