Por: Redacción Pares
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Durante dos meses un dolor de espalda atormentaba a la profesora de los andes Tatiana
Andia. Creía que, a sus 43 años, sería una más de las docentes con algún tipo de hernia, sufrimiento inevitable, gajes del oficio. Cada año, con un grupo de amigos, hacían caminatas por el continente. Esa vez el destino era Brasil. Pero el dolor era tan intenso que decidió ir al médico. Su mundo, entonces, se rompió en mil pedazos. Tenía un cáncer de pulmón que fue dictaminado por los especialistas como incurable. Ante el diagnóstico Tatiana lanzó una débil inquietud “Tiene que ser entonces un cáncer muy agresivo, porque el dolor me arrancó hace apenas dos meses” Y la doctora que la vio dijo que si y que lo peor es que el tumor estaba entre la vena cava y el esófago y que si el tumor empezaba a irrigar líquido ella moriría ahogada.
Todos sabemos que vamos a morir, la angustia es que nos digan cuando, que nos marquen una fecha en el calendario. Le explicaron como sería el tratamiento para alargar su vida. Intentó sumergirse en los laberintos burocráticos de la salud en Colombia. La pesadilla de la tramitología, vio el reloj y comprendió que las horas le quedaban contadas así que con la energía que le quedaba eligió vivir. Tenía dos opciones, o le dedicaba cada atómo suyo al tratamiento o disfrutaba hasta que el rigor de la enfermedad lo permitiera. Eligió esto último.