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Subestimar a Hitler, Trump y Milei, el gran error de los analistas políticos

Por: Iván Gallo - Editor de Contenidos




A veces un periodista puede tener un catalejo tan limpio y preciso que pueden ver el futuro. En 1938 el periodista Sebastián Haffner huyó de Berlín con lo que tenía puesto y se fue a Londres. Hitler expandía sus alas y la guerra era inminente. El odio flotaba por las calles. Ese año se llevó a cabo La noche de los cristales rotos, una manifestación de odio convocado por el partido Nazi para destruir en toda Alemania los locales de los comerciantes judíos. Las SS, como siempre, fueron mucho más allá y mataron a más de 100 judíos. Esto fue un punto de no-retorno que convenció  a los que no habían caído en el extraño embrujo de Hitler que lo que vendría sería un periodo de crueldad y miseria que no se veía desde la antiguedad. Haffner se estableció en Inglaterra y empezó a publicar para el diario The observer. Ese año publicó un ensayo que se llama Alemania: Jekyll y Hyde. El nazismo visto desde dentro. En sus páginas intentaba contarle al mundo el infierno que se vivía en Alemania bajo el yugo de Hitler. En ese momento existía una especie de condescendencia con respecto a los Nazis. Si, podían llegar a ser extremos, pero les parecía a la opinión pública internacional una completa exageración eso de que se rumorara lo del exterminio a los judíos o que quisieran provocar una nueva confrontación, como si no hubieran tenido con toda esa miseria que constituyó la Gran Guerra. Se creía en la supuesta sofisticación alemana, al fin y al cabo ellos eran los padres del pensamiento moderno. El primer ministro inglés, Chamberlain, creía que se podía llegar a acuerdos con Hitler a pesar de que Churchill afirmaba que con Hitler el único camino era la confrontación. En Estados Unidos Hoover empieza a ver como un cochino comunista a Chaplin porque estrena El gran dictador, una desternillante sátira donde deja ver al Fuhrer y a Musollini como un par de payasos.

 

Pocos podían predecir lo que la historia nos enseñó sería un resultado obvio. Sólo Haffner a través de su ensayo periodístico develó el carácter de Hitler: era un loco que si no conseguía sus objetivos hundiría a Alemania con él mismo. Alemania no merecería vivir si no podía lograr conquistar el mundo. Haffner no tenía poderes síquicos, observaba y escuchaba y sabía comunicar con eficacia. El libro, publicado en 1940, cuando Hitler ya había derrotado a su principal enemigo, Francia e Inglaterra vacilaba, denunciaba no sólo lo que pasaba dentro del Reich sino lo que podría llegar a pasar si Hitler aumentaba su poder. Leido 85 años después de su publicación emociona. Parece que Haffner hubiera ido al futuro y regresado con una visión del infierno.

 

Otras veces el catalejo del periodismo no funciona tan bien. En agosto del 2016, a escasos noventa días de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos la revista Time puso en portada una foto de Trump desvaneciéndose. El titular era “se desvanece”. Acababa de saltar el escándalo de las grabaciones en donde se escuchaba decir a Trump que él podría abusar de una mujer impunemente porque él era una estrella. Paul Manafort, estratega de la campaña trumpista daba un paso al costado. En su lugar estaría Steve Bannon. Ex banquero, dueño de un medio de ultraderecha, sin ninguna experiencia en campañas presidenciales, se convenció que, a pesar de lo que decían las encuestas, que daban ganadora a Hillary Clinton por más de diez puntos, Trump sería el ganador. “Estoy en un cien por ciento seguro de que lo logrará”. Los que rodeaban la candidatura de Trump creían que era un loco, un advenedizo que lo único que buscaba era el favor del magnate. Los fondos de la campaña se habían esfumado. Nadie iba a invertir en Trump. Era un cigarrillo mojado. El periodista Bob Woodward, el mismo que junto a su compañero Carl Bernstein dieron a conocer el Watergate, asistió en una conferencia en Carolina del Norte y se dio cuenta que, cuando les preguntaron a un grupo de ejecutivos que conformaban una empresa, si votarían por Hillary o por Trump la primera recibió diez votos y el segundo 150. Tenía razón Bannon cuando afirmaba que la candidata demócrata no tenía un sólo voto vergonzante, en cambio era impopular decir que se votaba por Trump.

 

Era imposible para los medios del mundo que un outsider como Trump ganara. Bannon tenía razón. Lejos de arrepentirse públicamente lo que hizo el magnate fue contraatacar. Ya había aprendido de su maestro Roy Cohn que no había mejor defensa que un buen ataque. Lo que hizo Trump fue conseguir cinco mujeres que habían sido agredidos por Bill Clinton y así neutralizó a Hillary. “Yo al menos no ataqué a nadie, Clinton en cambio es un agresor”. Bannon, rubicundo, afirmó que Hillary había perdido las elecciones porque ella se había preparado toda la vida para ser presidente. “En cambio el señor Trump no se preparó un sólo día”.

 

Todos los analistas políticos se habían equivocado y de qué manera con el pronóstico de esas elecciones en el 2016. No sólo se equivocaron en los Estados Unidos, también lo hicieron en Brasil con Bolsonaro y en Argentina con Milei. Era el tiempo de los outsiders. La ensayista Naomi Klein lo supo decir muy bien en su libro Doppelganger, el tiempo de las democracias occidentales parece que ha terminado. Trump, como Hitler, como Stalin, no se siente cómodo en una democracia, dentro de la Casa Blanca se ha afirmado que admira a los hombres duros, como Maduro y sobre todo a Putin. Incluso no ha escondido sus ánimos autoritarios. Lo peor es que esto lo hace muy popular ante la masa. Lo escandaloso es que mientras los analistas políticos más calificados creían que era un chiste y que iba contra toda lógica que Trump no podría ser presidente, un hombre de extrema derecha, que jamás había estado en una campaña presidencial, había tenido razón. La historia vuelve a ser la serpiente que se muerde la cola.

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